martes, 18 de noviembre de 2008

Ir a una Guerra Perdida


Muchos creen que si vas a una batalla pensando que perderás perdido estás, creo que no es verdad del todo. Creo que si vas a una guerra en la que tienes ínfimas posibilidades de ganar, deberías pensar que tienes mucho que ganar. Y como es mi costumbre, cuando tengo ganas de pelear así pierda, disfruto de la contienda.

Estoy en una batalla que ya me dieron por perdido, pero como no puedo vivir con ese resultado, iré a pelear por la mínima oportunidad que me queda. No puedo controlar mi carácter, pero ya no me apasionaré, y jugaré con la mayor serenidad posible.

Mis estrategias requieren que me hunda en las aguas del amor y me ahogue en ellas, ya que mis estrategia requiere un sacrificio emocional, que marcara mi psicología con una zanja más. Pero como son bombas camicases tendré que saber el momento de soltar todo ese derroche de pasión y arte, para terminar seco y muerto pero feliz con el mejor resultado que pueda obtener así no sea el ganar.

En mi vida me caractericé por ser un impaciente, un alborotado. Tendré que superar mucha de esas debilidades, pero cuando tienes una bomba en el pecho es un poco difícil conservar la serenidad. Si lo consigo me graduare de calculador.

Por ahora mis días se limitan a esperar la noche para dedicar a calcular mis jugadas, y mis semanas esperan los días finales, para que con cualquier estúpida excusa pueda ver a esta criatura que me está encantando.

Sobre la escultura:

Autor: Autor Anónimo
Fecha:230 a.C.
Características:93 cm altura

El Galo Capitolino se dobla lleno de dolor, recogido, estoicamente silencioso, y, tras sus bellas líneas clásicas, revela el pormenorizado estudio de un cráneo braquicéfalo, de una musculatura correosa, hecha con el trabajo y no con la gimnasia, de unos gestos torpes de guerrero brutal. Ciertamente el torques, el escudo y la trompeta larga y curva aluden a su raza, pero aquí no serían siquiera necesarios para la identificación. Es lástima que no sepamos quien fue el autor de tan bella obra: acaso se deba pensar en Epígono. Lord Byron dedicó a esta soberbia escultura pergaménica esta poesía: "Veo ante mí al gladiador yacente: / se apoya en su mano; su ceño viril/ acepta la muerte, pero vence a la agonía, / su inclinada cabeza se hunde poco a poco, / y, a través de su costado, las últimas gotas, fluyendo lentamente / de la roja llaga, caen pesadas, una a una, / como al comienzo de una tormenta". El Galo Ludovisi es su compañero.

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